Federico Mayor Zaragoza, en su prólogo, se dirige así a la autora: «No ceses de escribir, María Rosa, porque después de haber vivido con tanto desprendimiento, con tanta alteridad, en un alborear todavía tenuemente iluminado, es preciso que no dejes de caminar y que lo hagas sin desmayo y aligerada porque, como escribió Miquel Martí i Pol,